Crisis: El síndrome del borracho y el Principio de Solidaridad

Años ha, quien esto suscribe, empezó a merodear ese ámbito de deseo que tan merecida fama se ganó en el ocio patrio: “la noche madrileña”, o lo que se definía en el landismo como “Madrid la nuit”.

Tocaba entonces iniciarse, como rito de paso, en el consumo de bebidas espirituosas. Obviamente no tardaron en llegar los excesos, por eso del qué dirían los amigos. Las jaquecas se siguieron de convulsiones estomacales. Procedía entonces actuar con profesionalidad, aspecto que no aprendí hasta bien pasados los años: mejor actuar a tiempo con voluntad eyectante que no contener por temor o pudor hasta alcanzar lo inevitable.

Ahora que la crisis económica nos ha inundado, que ha habido falta de altura de miras, que se han desperdiciado recursos por la cicatería a la hora de aplicar medidas rigurosas desde el primer momento, que se han repartido ayudas absurdas y subvenciones ridículas que a priori distraían el apetito, y ahora avisan de dietas presentes y hambres futuras, me viene a la memoria esa acción expeditiva como solución hoy casi inevitable.

El problema es que hay situaciones que, dada su extrema gravedad, son de difícil resolución. Cuando se ha vivido una larga etapa excesos que podríamos definir como el “estado de Delicatessen, con desajustes y derroches sin precedentes, no podemos creer que se pueden resolver en días, semanas o incluso años.

Pero con todo, lo peor no es el mal en sí, sino negar su existencia. Al igual que en la disciplina medioambiental, no aceptar el problema resulta contraproducente. En el ámbito del Ecologismo renegar del cambio climático, como en el financiero renegar, por ejemplo, de la moneda única, solo puede traer peores consecuencias colaterales que el mero sonrojo de aceptar su impacto. Pero solo es un ejemplo, porque son muchos los que niegan el tsunami financiero que se nos viene encima, como quien niega una adicción o un vicio imposible de superar.

Hay indicadores que están señalando que la tendencia conformista está dando un giro copernicano en su dirección habitual, como el repunte de separaciones y divorcios en el último año, tras una caída en los albores de la crisis por la adaptación a una situación que se creía solo pasajera.

También se está revirtiendo el tradicional éxodo rural, pues la alternativa laboral y residencial que ofrecen muchos pueblos está tentando a infinidad de parejas jóvenes gracias a la deslocalización y al progreso tecnológico, que permiten que muchos profesionales puedan vivir lejos de su punto de trabajo, amén de que cierta oferta laboral rural pudiera abrirse paso ante la ausencia de empleo cualificado.

Lo que es más alarmante es el movimiento migratorio de jovenes sin esperanzas ni ilusión, entre nuestras fronteras, hacia el extranjero. No en vano, el pasado domingo 11 de noviembre el suplemento El País Semanal, en un extraordinario artículo de Lola Huete (“Emigrantes otra vez”), cifraba en más de 500.000 las personas que buscarían una oportunidad fuera de España en 2012, según datos del INE. En otra época de menor formación, hubiera sido lógico, incluso instigado, pero ahora implica una fuga de talentos igualmente irreversible para un país que desechó la modernidad en pos del ladrillo y, ahora que la burbuja inmobiliaria estalló, implora una salida tecnológica.

Otro aspecto muy peligroso, es que sucumbamos a la era de la desigualdad, pues la crisis ha abierto más si cabe la brecha entre ricos y pobres hasta límites perdidos en la memoria colectiva. Las diferencias de la renta en la OCDE están en el nivel mas alto en 30 años. Según datos de la propia OCDE, solo en España el 10% mejor situado gana 12 veces más que el peor pagado, guarismo que nos pone por delante de Reino Unido (11,7), Alemania (7,7) o Francia (7).

Si a ello unimos que España, según el FMI, debe bajar su déficit el 6% en el próximo año, una de las reducciones más drásticas del mundo, debe recortar prestaciones sanitarias, aplicar una reforma laboral más valiente que abarate el despido para reducir la deuda, así como medidas adicionales que el FMI cifra en el 2% del PIB (unos 20.000 millones) hasta 2014, tenemos un buen retrato de cómo nos va.

Hace algún tiempo, algunos colegas sociólogos señalaron que la verdadera magnitud de la crisis la detectaríamos cuando alcanzase a la clase media, y solo entonces podríamos encender la luz de alarma. A mi juicio la hemorragia asciende y se ha extendido tan peligrosamente que la Sociología va a tener que empezar a estudiar una bipolaridad social semejante a la medieval, donde emprendedores con iniciativa asuman el papel de la vieja Burguesía, los ricos seguirán siendo la Aristocracia, y el resto, pueblo llano, desarrapados, sans-culottes, o simplemente Proletariado.

Esta crisis ha hecho escarnio de muchas profesiones, de muchos sectores, de muchas regiones, de algunos países, pero como elemento común podemos decir que los jovenes que buscan su primer empleo y sobre todo las mujeres en general, están perdiendo grados de libertad y se están depauperizando a pasos agigantados, sin que las autoridades puedan seguir tirando de fondos de ayuda a desempleados, que bien podrían haberse empleado en formación de nivel, pero se han agotado las existencias y el conflicto no ha desaparecido y crece, y sigue creciendo.

Si al principio hablaba de falta de altura de miras, no era por ser “soldado de fortuna” que juzgase a posteriori a la vista de los resultados. No. Sencillamente nadie valoró ni la presunta duración, ni las dimensiones, ni los efectos colaterales de esta crisis. Ningún gabinete de crisis se ha formado aún, salvo las pomposas citas de postín paneuropeas que no resuelven los conflictos del día a día del ciudadano medio, sino parchean con medidas cicateras que miran más hacia el electorado de quien las reparte que hacia la colectividad.

Cierto es que algunos se han pasado de la raya y tal vez merezcan represalias y un duro tránsito por el desierto, pero no el abandono absoluto. Y más cierto aún es que hay una revolucion pendiente, la de la ética y valores, porque sustento hay para toda la humanidad, lo injusto es la distribucion. tal vez si cambiasemos la escala de triunfo social…

Sin ánimo mesiánico (de mesías, que no de Mesi, ;-D), ni de salvapatrias, sí quiero aportar mi granito de arena para tratar, si no de superar esta angustiosa crisis, sí al menos de hacerla lo más llevadera posible, y todo basado en mi propia experiencia. Lo llamo el Principio de Solidaridad.

El colchón familiar aún puede dar de sí, y el círculo más cercano de amigos también. No se trata de extender la miseria, no, sino de compartir ahora que aún estamos a tiempo. Todos, absolutamente todos, tenemos un familiar, un amigo, varios, o incluso muchos que se han quedado en paro. Lo primero que pido es comprensión hacia ellos, porque nadie desea una situación así. Luego, grandes dosis de paciencia, porque el estrés es acuciante. Recomiendo el deporte como válvula de escape.

Finalmente, si está en la mano de quien esto lee ayudar a ese familiar, a ese amigo, a ese vecino que se ha quedado sin recursos, con lo que pueda en tiempo, en afecto, en ropa, en sustento, en espacio, en trabajo, en dinero incluso, ¡háganlo, no esperen a que se lo pidan, pues el orgullo se lo impide. Háganles saber que nunca caminarán solos, porque mañana pueden ser ustedes quienes reclamen en silencio…una mano…en mitad de la oscuridad!

Juan Manuel Vidal

Sociólogo y Periodista

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