El paradigma político

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Dice una popular canción española que “ni contigo sin ti tienen mis males remedio: contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero”. Este observador que lo es, extrae esta conclusión cuando analiza, o al menos así lo trata, los hechos que están acaeciendo para formar un gobierno después de varias intentonas fallidas.

Hemos llegado a una situación de bloqueo, como cuando dos vehículos chocan en un punto de la vía y, por su obstinación y testarudez, acaban formando un colapso monumental, pues ninguno de los dos acepta la culpa, ni mucho menos ceder el paso, porque sería tanto como asumir la derrota, lo cual es muy antiespañol, como todo el mundo sabe.

Pero es que las encuestas no hacen sino reiterar esa situación de interrupción en el curso normal de los acontecimientos en que se convierten las legislaturas, con sus altos y sus bajos, pero fluyendo con mayor o menor caudal. Todos ponemos de nuestra parte para cortar la corriente, algunos más que otros, pues no se puede descargar sobre los votantes la culpa mayor, pues participamos de un proceso democrático donde elegimos a unos representantes, para que sean ellos los que decidan por nosotros. Pero está visto que seguimos “errando el tiro”, perdón, el voto.

De los sondeos de opinión sobre la situación se concluye que el paro, la situación económica del país y la corrupción concitan las mayores preocupaciones, pero no es nítido que esos criterios sean trasladados luego a la decisión final de refrendar a tal o cual opción, porque resulta inverosímil comprobar que los más corruptos, sean al tiempo los más votados.

Claro, no debemos desdeñar el factor miedo, que actúa como mecanismo de propaganda para contaminar a los decisores, fácilmente influenciables y muy volubles a todo mensaje populista de fácil deglución y mejor digestión como son los relacionados con la presunta privación de pensiones, ahorros, etc., a cargo de los emergentes…¡Como si los preexistentes garantizasen algo más que su propia subsistencia y la de los suyos!

¿Saben algo que me enoja hasta la ira, que enerva mi carácter hasta decir basta? “Los que se salen siempre con la suya”, identidad que siempre confronta con “la nuestra”: vamos, los que se lo llevan calentito, sin dejar rastro. Podrían pasar por ser más astutos que el resto y no dolería, por aquello del “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Ahora bien, quienes me sacan de mis casillas son los que van dando lecciones de honradez y honestidad pública, y juran y perjuran por lo más sagrado que son éticos y justos, cuando no lo son. Sin embargo hay que respetar su presunción de inocencia, incluso hasta cuando se ponen todas las trabas y zancadillas para impedir descubrir la verdad, llegando a la prescripción absolutoria.

Lo que no pueden tapar es el hedor que desprenden sus testimonios, que apesta desde lejos. Pero hasta para eso hay remedio con fragancias que narcotizan a los votantes en forma de promesas que jamás cumplirán dimanadas desde las fuentes manipuladoras de costumbre.

Al final debes conformarte con lo que ocurre, como dice el gurú indio Ravi Shankar, “cuanto sucede, conviene y tienes que aceptarlo” ¡Total, va a dar lo mismo protestar porque nadie te va a hacer caso! Tengo varios amigos afectados por escándalos empresariales a lo largo de esta crisis y más allá de mi apoyo y aliento, y como el mío el de otros tantos, saben que poco les queda para aceptar la fatalidad y encajarla como buenamente puedan.

“¡Eso es derrotismo! ¡Si te das por vencido, ya han ganado ellos!”. A veces es mejor reemprender la marcha por otro sendero que tratar de surcar el mismo en el que derrapaste hasta caer ¡No, no lo busquen en el Krishnamurti, es mío, acabo de crearlo! Pero es fruto de una honda reflexión ante tamañas injusticias como las que estamos padeciendo sin reflejo alguno en las urnas. Solo pataleo, sin más eco que el que propalan las redes sociales hoy.

Decidí escribir esta columna tras escuchar el lamento de mi venerable progenitora mientras leía el periódico jornadas atrás: “¡Ay, qué va a ser de España!” Pero ni los sesudos tertulianos del periodismo, ni los de la ciencia política, ni los de la sociología, ni los de la economía, ni todos en su conjunto, pueden dar respuesta a este conflicto de manera sencilla.

Puede que la respuesta la hallemos todos en lo que propuso el físico, historiador y filósofo Thomas Khun, en su obra “La estructura de las revoluciones científicas” (1962): un cambio en los supuestos básicos, o paradigmas, dentro de la teoría dominante de la ciencia. Puede que haya que romper con lo preexistente y renovar completamente todo, sin preservar nada, librándonos de miedos, de pánicos, de angustias.

Esto que llamamos España ha funcionado desde 1978, cuando nos reinventamos para superar el ciclo de la Dictadura, pero la fórmula ha tocado a su fin y por más que algunos taumaturgos se postulen como continuistas, hay que redefinir el concepto, sus sistemas y estructuras, para afrontar una nueva era. O avanzamos todos en la misma dirección o nos quedaremos estancados.

Muchos sienten pavor a perder sus privilegios, por eso optan por el continuismo, dibujan negros presagios para quienes ya vislumbran los cambios y les denostan y subestiman como iluminados. Siempre ha sucedido lo mismo en la historia, pero es el momento del valor y la osadía ¡Es el tiempo del cambio, no del conservadurismo! Ah, y una última reflexión: No olviden nunca que quien forma parte del problema, jamás podrá formar parte de la solución.

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